El segador by Terry Pratchett

El segador by Terry Pratchett

autor:Terry Pratchett [Pratchett, Terry]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
ISBN: 9788401329104
editor: Martínez Roca
publicado: 1991-01-23T05:00:00+00:00


Había pasado una hora.

La señorita Flitworth rebuscó en su bolsa de trapos.

—¿Qué toca ahora? —dijo la mujer.

¿QUÉ HEMOS PROBADO YA?

—Déjeme ver..., algodón, percal, lino..., ¿qué tal el raso? Aquí tengo un trozo.

Bill Puerta cogió la tela y la pasó suavemente por el filo de la hoja.

La señorita Flitworth buscó en el fondo de la bolsa, y sacó una tira de tejidoblanco.

¿SÍ?

—Seda —dijo ella con voz tenue—. La mejor seda blanca. De la de verdad. Está sin usar.

Se sentó y la miró. Tras unos instantes, él la cogió amablemente de entre sus manos. GRACIAS.

—Bueno, bueno —replicó la mujer, saliendo de su ensueño—. Ya está, ¿no?

Cuando él giró la hoja, el filo rasgó el aire con un uuuhhhmmm. El fuego de la forja estaba casi extinguido, pero la hoja brillaba con luz cortante.

—Afilada con seda —se maravilló la señorita Flitworth—. ¿Quién iba a imaginarlo?

Y AUN ASÍ, SIGUE EMBOTADA.

Bill Puerta observó a su alrededor, escudriñando los oscuros rincones de la forja. Se dirigió rápidamente hacia uno de ellos.

—¿Qué ha encontrado?

TELARAÑAS.

Se oyó un ruido agudo, como el largo gemido de una hormiga torturada.

—¿Está bien ya?

EMBOTADA TODAVÍA.

La mujer vio cómo Bill Puerta salía a zancadas de la forja, y caminó apresuradamente detrás de él. Se dirigía hacia el centro del patio, con la guadaña alzada de borde contra la ligera brisa del amanecer.

El filo dejaba escapar un murmullo.

—Por lo que más quiera, ¿hasta qué punto se puede afilar una hoja?

PUEDE ESTAR MÁS AFILADA.

Mientras, en el gallinero, Cyril, el gallo, se despertó y miró con gesto cansado las traicioneras letras trazadas en tiza sobre la pizarra. Tomó aliento.

—¡Koriquirocoqui!

Bill Puerta observó el horizonte en dirección periferia, y entonces, con gesto especulativo, contempló la colina que se alzaba tras la casa.

Hacia allí se encaminó.

La luz del nuevo día chapoteaba sobre el mundo. La luz del Mundodisco es vieja, lenta y pesada. Rugía sobre la tierra como una carga de la caballería. Algún valle que otro la demoraba unos instantes, las cadenas montañosas la detenían hasta que se derramaba sobre la cima y caía por la otra ladera.

Se movía sobre el mar, se precipitaba contra las playas y aceleraba por las llanuras, acicateada por el látigo del sol.

En el legendario continente oculto de Xxxx, cerca ya de la periferia, hay una colonia perdida de magos que llevan corchos en torno a sus sombreros puntiagudos, y sólo se alimentan de gambas. Allí la luz es todavía salvaje, fresca, recién llegada del espacio. Los magos hacen surf en el hirviente espacio que separa la noche del día.

Si se transportara a uno de los magos a miles de kilómetros de distancia, por delante del amanecer, quizá habría visto, mientras la luz retumbaba por las altas llanuras, a una alta figura que ascendía trabajosamente por una colina situada en el sendero de la mañana.

La figura llegó a la cima un momento antes que la luz, respiró hondo y luego se giró, sonriente.

Llevaba una larga hoja afilada entre los brazos extendidos.

La luz llegó..., golpeó..., se partió...

Aunque el mago tampoco habría prestado mucha atención, porque



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